enero 01, 2007

MONTEVIDEO

CAPURRO Y MARIO BENEDETTI

Me gusta Mario Benedetti. Me gusta su novela “La borra del café”.
Una novela en la que es inevitable asociar con el autor, la niñez y la adolescencia montevideana de Claudio, el protagonista. Y si todo parece autobiográfico, se debe a la descripción del paisaje urbano, que tiene todo el carácter de lo vivido y disfrutado con intensidad.
Cuenta Benedetti que Claudio, hijo de un padre cuya vocación nómade le hace cambiar de casa con frecuencia, reconoce, entre todos, a Capurro como “su” barrio. A ese lugar están vinculados ciertos “recuerdos fundamentales”, como el club de fútbol Lito y el parque. El parque Capurro “era como una escenografía montada para una película de bandidos” con rocas, cavernas, caminos sinuosos y yuyos. Y casi siempre desierto, situación ideal para hacer uso de fantasías lúdicas aplicadas a operaciones de combate. A esto se agregaba la presencia de algún bichicome borracho que daba al juego “cierto sabor a riesgo”.
El Dandy, “decano del parque”, bichicome conocido por todos, “hacía de las cuevas su dormitorio estable”. Su apodo se debía a dos corbatas, una a rayas negras y rojas y otra azul con herraduras marrones, con las que, en forma alternada prestigiaba su astrosa indumentaria.
El día en que el Graf Zeppelín “aquella suerte de butifarra plateada” llegó a Montevideo y quedó flotando sobre la playa capurrense, Claudio y sus amigos aprovecharon el arrobamiento de los mayores para escurrirse al parque.
Caminaban hacia un claro entre la vegetación, lugar predilecto de la pandilla, cuando tropezaron con un cuerpo tendido: era el Dandy. No tardaron en comprobar que el hombre tenía, debajo de la camisa, una herida con sangre seca. Se trataba, entonces, de un asesinato. Y si la comprobación dio comienzo al temor, no impidió, sin embargo, ciertas consideraciones detectivescas: no debían tocar el cuerpo para no dejar huellas digitales y, sobre todo, había que pensar en una coartada colectiva que los desvinculara del crimen.
Los días siguientes, con el peso del secreto compartido, la pandilla esperó la publicación de la noticia. Pero ni la radio ni la prensa escrita hicieron referencia a un asesinato en el parque. Esto sirvió para agregar, al temor primero, la angustia de la incertidumbre. Para no prolongarla, decidieron volver al lugar de los hechos, al lugar del que habían desertado en los últimos días. Y como era necesario evitar sospechas, no irían todos, con uno sólo bastaba. Se echó a suerte. Le tocó a Claudio.
Es fácil imaginar con qué temor se acercó al lugar donde debía estar el Dandy. Pero el cadáver había desaparecido. Nadie habló nunca del asunto, y los chicos se quedaron con las ganas de saber qué había pasado con el bichicome.

Hace unos años, apareció en un diario de Buenos Aires, un artículo de Mario Benedetti, “El barrio también existe”, título que, enseguida, me sugirió dos cosas: la canción “El sur también existe”, un poema del mismo autor, musicalizado por Serrat; y la novela “La borra del café”.
El barrio, la calle, la casa, el parque y el Dandy, se mencionaban en el artículo y junto con ellos, una afirmación del autor: en “La borra del café”, sólo los lugares son reales, los hechos, nada más que fantasía.
Benedetti vivió en la calle Capurro, cerca del parque y a tres cuadras del club de futbol Lito. Su propio padre, como el de Claudio, padeció idéntica inquietud trashumante, y el Dandy existió de verdad. Sólo hasta ahí llega el parecido entre la vida del autor y la del protagonista de la novela.
En el artículo, una reminiscencia del barrio más significativo de su niñez, Benedetti cuenta que, después de muchos años, volvió a la calle Capurro, en busca de la casa. La calle estaba casi igual, a la casa le habían cambiado el frente. El parque yacía en total abandono y el club Lito había desaparecido...

Y este post, que comenzó con “La Borra del Café” y continuó con un artículo de un diario, tiene un colofón.
Quise darme una vuelta por Capurro, por el barrio, por la calle, por el parque...
Después de un viaje en ómnibus desde el centro de Montevideo, después de mucho caminar, de mucho preguntar, Federico y yo llegamos a la calle Capurro. Una calle arbolada, tranquila, con casas modestas, una calle llena de la sugestión y el encanto de otros tiempos. Preguntamos por el parque. Los vecinos nos miraban asombrados mientras decían: ¡pero si está abandonado! No podían entender que unos porteños tuvieran algún interés en él.
Compramos sandwiches y cerveza en un almacén y almorzamos sentados a la sombra de un árbol, sobre un banco de piedra. Y después de hablar del Dandy, del bichicome real y del muerto en la ficción de “La borra del café”, después de subir y bajar las escalinatas y detenernos junto a fuente, después recorrer los caminitos, de admirar la vista del cerro y la bahía con la ciudad al otro lado del río, después de lamentar el abandono de un parque magnífico, sacamos fotos. Son las que están aquí.






CUENTO 1

LA HUIDA

Cuando entró en el comedor sintió que esa mañana era diferente, que algo raro sucedía. Pero no, el desayuno era lo de siempre: el olor a tostadas quemadas, el café hervido, el frasco de mermelada oscura y grumosa, la voz incesante de la mujer y el gato. El gato echado sobre el trinchante, con odio en los ojos amarillos, como si supiera que, sin la protección de la voz, ya habría emigrado con violencia del lugar. Quitó la vista del gato y se sentó a la mesa sin poder evitar la sensación extraña y molesta. Una de ésas sensaciones que parecen siempre a punto de definirse y que no terminan de hacerlo nunca.
Tomó el diario -como todos los días, desordenado desde temprano-, y se sirvió café con la mano temblando un poco. Cuando quiso ponerle azúcar, dejó caer la cucharita, se inclinó a recogerla y derramó el café sobre el mantel. Pensando en la voz, cubrió la macha con el diario y miró al gato. La bestia sabía cómo advertir a la voz cualquier catástrofe que lo incriminara. Pero ahora se limitaba a clavar los ojos amarillos en todos sus movimientos. Con gusto le hubiera retorcido el pescuezo.
Volvió a servirse café y no pudo evitar que el azúcar, antes de llegar a la taza, se desparramara sobre el diario. El día empezaba mal. Ahora se daba cuenta de que no se había equivocado cuando percibió que algo extraño ocurría. Se quedó quieto. El café derramado ya impregnaba la página superior del papel: un círculo que aumentaba de diámetro con rapidez. Cerró los ojos y se echó hacia atrás en la silla. Con gusto hubiera vuelto a la cama. Permaneció un rato en esa posición, que parecía hacerle bien. Pero se le estaba haciendo tarde y perdería el tren. Quiso incorporarse y no pudo. Por lo visto, en ese momento, el peso de su cuerpo era mayor que el esfuerzo capaz de dominarlo. Además, una rara lasitud se iba apoderando de sus músculos. Trató de buscar, sin éxito, algún punto de referencia, algún indicio que explicara porqué los brazos le colgaban inertes, porqué no podía tocar una mano con la otra y los pies se le ablandaban como si no tuvieran de huesos. También descubrió que ya no podía reconocer los límites del propio cuerpo. Y sobre todo, le resultaba extraño no sentir preocupación o angustia ante lo que estaba sucediendo: la flojedad invadía también su ánimo. Y si lo pensaba bien, ya no le importaba la mancha del mantel, el café sin tomar, el diario desmantelado y el gato. El gato, que se incorporó, arqueó el lomo con los pelos erizados y, con un maullido, saltó del trinchante y desapareció en la cocina.
La conciencia se le diluía en una indescriptible placidez, apenas perturbada por la voz que seguía fluyendo, que iba y venía, subía y bajaba, mientras él, ingrávido, se deslizaba por una pendiente viscosa. Se dejó llevar.
El malestar vino con el grito. Entonces sintió que cada partícula de lo que debía ser su cuerpo giraba sobre sí misma hasta producirle dolor.
Cuando el grito cesó y las partículas se aquietaron, terminó de derretirse.

Richelieu dixit

La subversión es cuestión de fechas