enero 01, 2007

CUENTO 1

LA HUIDA

Cuando entró en el comedor sintió que esa mañana era diferente, que algo raro sucedía. Pero no, el desayuno era lo de siempre: el olor a tostadas quemadas, el café hervido, el frasco de mermelada oscura y grumosa, la voz incesante de la mujer y el gato. El gato echado sobre el trinchante, con odio en los ojos amarillos, como si supiera que, sin la protección de la voz, ya habría emigrado con violencia del lugar. Quitó la vista del gato y se sentó a la mesa sin poder evitar la sensación extraña y molesta. Una de ésas sensaciones que parecen siempre a punto de definirse y que no terminan de hacerlo nunca.
Tomó el diario -como todos los días, desordenado desde temprano-, y se sirvió café con la mano temblando un poco. Cuando quiso ponerle azúcar, dejó caer la cucharita, se inclinó a recogerla y derramó el café sobre el mantel. Pensando en la voz, cubrió la macha con el diario y miró al gato. La bestia sabía cómo advertir a la voz cualquier catástrofe que lo incriminara. Pero ahora se limitaba a clavar los ojos amarillos en todos sus movimientos. Con gusto le hubiera retorcido el pescuezo.
Volvió a servirse café y no pudo evitar que el azúcar, antes de llegar a la taza, se desparramara sobre el diario. El día empezaba mal. Ahora se daba cuenta de que no se había equivocado cuando percibió que algo extraño ocurría. Se quedó quieto. El café derramado ya impregnaba la página superior del papel: un círculo que aumentaba de diámetro con rapidez. Cerró los ojos y se echó hacia atrás en la silla. Con gusto hubiera vuelto a la cama. Permaneció un rato en esa posición, que parecía hacerle bien. Pero se le estaba haciendo tarde y perdería el tren. Quiso incorporarse y no pudo. Por lo visto, en ese momento, el peso de su cuerpo era mayor que el esfuerzo capaz de dominarlo. Además, una rara lasitud se iba apoderando de sus músculos. Trató de buscar, sin éxito, algún punto de referencia, algún indicio que explicara porqué los brazos le colgaban inertes, porqué no podía tocar una mano con la otra y los pies se le ablandaban como si no tuvieran de huesos. También descubrió que ya no podía reconocer los límites del propio cuerpo. Y sobre todo, le resultaba extraño no sentir preocupación o angustia ante lo que estaba sucediendo: la flojedad invadía también su ánimo. Y si lo pensaba bien, ya no le importaba la mancha del mantel, el café sin tomar, el diario desmantelado y el gato. El gato, que se incorporó, arqueó el lomo con los pelos erizados y, con un maullido, saltó del trinchante y desapareció en la cocina.
La conciencia se le diluía en una indescriptible placidez, apenas perturbada por la voz que seguía fluyendo, que iba y venía, subía y bajaba, mientras él, ingrávido, se deslizaba por una pendiente viscosa. Se dejó llevar.
El malestar vino con el grito. Entonces sintió que cada partícula de lo que debía ser su cuerpo giraba sobre sí misma hasta producirle dolor.
Cuando el grito cesó y las partículas se aquietaron, terminó de derretirse.

1 comentario:

Capital Federal dijo...

WOW! Pasame la marca del café asi no lo tomo!! jajaja