mayo 04, 2007

MONTEVIDEO 1





CINE 1

MATAR A MUERTE EN VENECIA

Sábado por la noche.
Me acomodo en el sillón, con una taza de café y el control remoto en la mano.
Es el turno de un clásico.
Muerte en Venecia.
Pero esta vez ya no en un gastado VHS sino en un DVD nuevo.
Anticipo el placer mientras hago las selecciones previas.
Idioma, english.
Enter.
Subtítulos, español.
Enter.
Play.
Enter.
Comienza la película.
Títulos, el mar brumoso, el adagietto de Mahler, Aschenbach en la cubierta del vapor, el adagietto...
Imagenes nítidas, color perfecto, sonido dolby. Un placer.
... Salón del Hotel des Bains. La aristocracia de Europa, todo lujo y refinamiento decadente. Hombres de frac, mujeres con enormes sobreros plumosos, envueltos en kilómetros de tul, adornados con multitud de flores. Una pequeña orquesta toca un vals.
La cámara de Visconti va y viene por el salón.
La mirada de Aschenbach descubre a Tadzio.
Llaman a comer. El salón queda casi vacío. Aschenbach sigue con la vista fija en Tadzio y en su grupo familiar al que ahora se ha unido la madre. Todo es distinción en ese grupo. Hablan en voz baja, en un idioma extranjero. No se oye lo que dicen, porque no tiene que oírse y porque tampoco importa. Sólo importa la sugestión del momento. Las imágenes de gran belleza, las imágenes de Visconti.
Y de pronto... noooo... noooo... no puede seeeeer... estoy viendo mal... pero no... no veo mal... el diálogo entre madre e hijos, el diálogo en el que no hay palabras explícitas... ¡ese diálogo!
TIENE SUBTÍTULOS!!!!!!!... subtítulos inventados... La madre de Tadzio, preocupada por la palidez de los jovencitos les aconseja tomar sol... ¡IN-CRE-Í-BLE!
Toda la magia creada por Visconti muere... la matan los subtítulos injertados e inoportunos.
No sigo mirando. Temo encontrarme, más adelante, con otros injertos del mismo tipo. Durante las escenas de la playa, por ejemplo pueden poner lo siguente:
-Hace calor
-Claro, si es mediodía.
-Tengo los zapatos llenos de arena.
-Métete en el agua.
-¿Para sacar la arena de los zapatos?
-Para evitar el calor.
-Para eso tengo abanico.
-Pero no lo usas.
-Lo olvidé en la habitación
O cualquier otra cosa por el estilo. ¡Menos mal que Visconti está muerto!
Apago el DVD y me voy a dormir.
Después leo en un estudio analítico sobre el film que el injerto fue hecho en España para el público español...
No tendré más remedio que ver Muerte en Venecia sin subtítulos y entender sólo aquello que mi imperfecto inglés me permita...

CUENTO 3

EL DELANTERO

Hacía más de dos años que el equipo de fútbol no ganaba un solo partido. Probaron de todo: cambio de director técnico, compra de nuevos jugadores, premios por cada gol convertido, sueldos fabulosos. Y nada. Los hinchas estaban furiosos, los dirigentes, desesperados. Para explicar el asunto se barajaron las más diversas hipótesis. Una de las más disparatadas sostenía que la cancha estaba embrujada. Como no era cuestión remilgos, llamaron a un cura que recitó exorcismos y asperjó césped y arcos con agua bendita. Pero los demonios no huyeron y el equipo siguió perdiendo fecha tras fecha.
Hasta que un día, ante el asombro de todo el mundo, ganó el primer partido. La segunda victoria se produjo al domingo siguiente, la tercera, al otro. Y siguieron ganando domingo tras domingo.
Ahora el equipo está primero en la tabla de posiciones y a punto de llevarse el campeonato. Y todo gracias a un formidable delantero de barbita, pelo largo y nariz ganchuda, capaz de meter dos o tres goles por partido. Otros lo quieren comprar. Ofrecen sumas fabulosas. Pero el club no lo vende. Y cuando le preguntan a la comisión de dónde lo sacaron, dicen que de las inferiores. Pero nadie recuerda haberlo visto nunca en las inferiores de ningún club.

abril 28, 2007

CUENTO 2

DÍA DE LAVADO


Los lunes es mi día de lavado. A la hora de la siesta preparo la ropa en el bolso y camino hacia la lavandería. Cinco cuadras. Pongo el jabón y el suavizante en la cubeta, pulso el arranque y me siento. Me siento y leo. A veces dejo de leer, atrapada en algún pensamiento ocasional. Mientras pienso, miro el giro de la ropa a través de la puertita transparente.
La toalla verde, una funda celeste, el jean de Enrique.
El jean de Enrique, por momentos, ocupa todo el lugar visible, en otros, es apenas un retazo de tela entre el resto de la ropa. Pero todo el tiempo se oye el clic clic del cierre relámpago que roza las paredes del tambor metálico. El mismo clic clic de las llaves de Enrique en la presilla de atrás del pantalón. Las llaves de la casa, del auto, de los cajones del escritorio en la oficina.
La camisa a cuadros, la remera a rayas, las medias azules de Enrique.
Antes de salir para la lavandería miro debajo de la cama. Seguro que encuentro un par de medias. Hoy estaban las azules. Por la noche, cuando Enrique se acuesta, se saca, antes que nada, la camisa y los zapatos; después el pantalón, que tira sobre el respaldo de una silla. Clic clic hacen las llaves por última vez en el día. Enseguida, sentado al borde de la cama, se quita una media, la estira y la deja caer al lado de los zapatos. Hace lo mismo con la otra y se acuesta.
El buzo amarillo, otra vez las medias azules, la remera gris.
Ayer manchó con crema la remera gris. Todos los domingos igual, no come sin mancharse. Los domingos vamos a la quinta de Román. Reunión de amigos de la infancia con esposas comprendidas. Compartimos los gastos del asado, Román selecciona las bebidas de su bodega, y cada una de nosotras lleva algo dulce. Llegamos alrededor de las once y después de los saludos las mujeres vamos a la cocina para preparar una picadita y la ensalada. Los hombres hacen el asado. A la hora de comer, los maridos –excepto Román, siempre tan sobrio, tan medido-, algo achispados por los brindis junto a la parrilla, hablan en voz alta, hacen bromas, y cada uno trata de superar en ingenio al otro. Y nos reímos ruidosamente, como si necesitáramos convencernos de que nos divertimos como locos. Después, mientras las mujeres lavamos los platos y Román lee en la galería, los demás juegan al truco y hablan de fútbol. En la cocina se oyen las voces exaltadas que llegan desde el quincho. Terminamos con la cocina y ya es hora de la merienda. Claro, un poco que almorzamos tarde y otro poco que debemos salir temprano hacia la capital, las comidas se nos enciman. Pero no importa, es domingo, no hay obligaciones que nos requieran, entonces comemos. Azúcar e hidratos de carbono. Y como hace calor, gaseosas, muchas gaseosas.
La tarde se va, y con ella la euforia. Cuando las sombras de los árboles se alargan sobre el pasto, entramos las sillas, nos repartimos la comida que sobró y subimos a los autos. Ya sin gritos ni risas. Salimos en fila y nos despedimos con un bocinazo al llegar a la autopista. Enrique y yo permanecemos en silencio. Como si estuviésemos vacíos por dentro. ¿Les pasará lo mismo a los otros? ¿También Fernando y Jorge se quejarán de pesadez estomacal al llegar a sus casas, tomarán sales digestivas e irán la cama sin cenar?
El toallón turquesa, la camisa a rayas, mi blusa nueva.
Enrique ni siquiera se dio cuenta que estrené una blusa. Ya no es atento ni aprecia mi coquetería. En cambio Román siempre advierte cuando estreno algo y hace algún comentario estimulante.
El toallón turquesa, la camisa blanca de Enrique.
Quiere tenerla planchada para mañana. Hay campeonato de truco en el club. Dice que va a venir tarde. Cuando no viene tarde se va a dormir temprano. Antes de ir a la oficina lee el diario, cuando vuelve de la oficina lee el diario. Todavía no entiendo qué le vi, por qué me casé con él.
El buzo amarillo, la remera rayada, el pañuelo de Román, la remera gris, la funda celeste, el pañuelo de Román...

abril 05, 2007

MALAS PALABRAS 1

GRAN HERMANO
Una cosa es la facultad del habla.
Y otra, el don de la palabra.


Abro el diario y leo: “fueron a buscarlo para que les diga...”
Enciendo la radio y oigo: “la balacera que se produjo en la calle...”
Miro una película subtitulada y veo: “disculpa, el tráfico me impidió llegar...”
Tiempos verbales que no se corresponden, palabras extranjeros en lugar de las propias, términos de significado ajeno a lo que se quiere expresar.
Reflexión: si el pésimo uso del idioma lo cometen personas autorizadas a hablar o escribir para el público, personas a quienes les cabe una gran responsabilidad, pues el que habla o escribe para multitudes hace docencia aunque no quiera, ¿qué queda para el espectador, oyente o lector?
Le queda GRAN HERMANO, un grupo de jóvenes, semidioses efímeros de la TV, que viven encerrados, aislados y en ocio destructivo. Lo único que pueden hacer es hablar y hablar y hablar. Los integrantes de GH son admirados y envidiados por mucha de la juventud que vive del lado de acá del televisor, chicos que pasan muchas horas mirando (¿o espiando?) lo que unos pocos hacen o dicen en esa casa-cárcel mediática.
El elenco de GH está compuesto por gente joven, supermoderna, bien parecida, que viste ropas top; gente que anda descalza y se sienta con los pies bajo el traste. Un comportamiento muy canchero, en un ambiente cómodo, grato y moderno.
Cuando decidí enterarme cómo era GH, lo hice creyendo que vería algo interesante, pero confieso que apagué el televisor sintiéndome una voyeur burlada: las charlas de los chicos me dejaron perpleja, patitiesa, patidifusa, petrificada, boquiabierta, estupefacta, atónita, turulata, aturdida, desconcertada, anonadada y no sé que más.
Si los chicos de hoy, como se sabe, tienen un lenguaje muy precario, muchos de los personajes de GH tienen el mérito de haber reducido esa precariedad a su mínima expresión. Pero eso no es todo: estos chicos que hablan todo el tiempo, que hablan todos a la vez, que tienen un ego demasiado desarrollado como para no hacer otra cosa que referirse a sí mismos, esos chicos, decía, en su mayoría, son incapaces de construir oraciones completas o correctas, carecen de coherencia en la expresión, tienen desconocimiento básico de la gramática y la semántica, hablan con frases mal hilvanadas y con verbos que no se corresponden. Abordan temas insustanciales que, encima, expresan de modo inconexo y reemplazan lo que no pueden decir con palabras a través de gestos de cara y manos. ¿Será que estamos volviendo a comunicarnos por señas y yo no me enteré?
Resulta curiosísimo ver cómo, en algunos diálogos, uno de los interlocutores lucha denodadamente con el lenguaje mientras su narración naufraga, y el otro mira y escucha con total compenetración. ¿De qué habla uno? ¿Qué escucha el otro? ¿Soy yo quien se ha vuelto tarada?
Nadie quiere genios en TV, pero sería bueno que hubiera un poco, un poquitito así, nada más, de materia gris en algún lado.
Pero no me quiero quedar en la crítica, también quiero ser útil, hacer un aporte a la serie. Tengo una propuesta: ¿Por qué no contratan a Tarzán y lo incluyen en la casa? Estoy segura de que elevaría muchísimo el nivel discursivo de los integrantes del programa.

enero 01, 2007

MONTEVIDEO

CAPURRO Y MARIO BENEDETTI

Me gusta Mario Benedetti. Me gusta su novela “La borra del café”.
Una novela en la que es inevitable asociar con el autor, la niñez y la adolescencia montevideana de Claudio, el protagonista. Y si todo parece autobiográfico, se debe a la descripción del paisaje urbano, que tiene todo el carácter de lo vivido y disfrutado con intensidad.
Cuenta Benedetti que Claudio, hijo de un padre cuya vocación nómade le hace cambiar de casa con frecuencia, reconoce, entre todos, a Capurro como “su” barrio. A ese lugar están vinculados ciertos “recuerdos fundamentales”, como el club de fútbol Lito y el parque. El parque Capurro “era como una escenografía montada para una película de bandidos” con rocas, cavernas, caminos sinuosos y yuyos. Y casi siempre desierto, situación ideal para hacer uso de fantasías lúdicas aplicadas a operaciones de combate. A esto se agregaba la presencia de algún bichicome borracho que daba al juego “cierto sabor a riesgo”.
El Dandy, “decano del parque”, bichicome conocido por todos, “hacía de las cuevas su dormitorio estable”. Su apodo se debía a dos corbatas, una a rayas negras y rojas y otra azul con herraduras marrones, con las que, en forma alternada prestigiaba su astrosa indumentaria.
El día en que el Graf Zeppelín “aquella suerte de butifarra plateada” llegó a Montevideo y quedó flotando sobre la playa capurrense, Claudio y sus amigos aprovecharon el arrobamiento de los mayores para escurrirse al parque.
Caminaban hacia un claro entre la vegetación, lugar predilecto de la pandilla, cuando tropezaron con un cuerpo tendido: era el Dandy. No tardaron en comprobar que el hombre tenía, debajo de la camisa, una herida con sangre seca. Se trataba, entonces, de un asesinato. Y si la comprobación dio comienzo al temor, no impidió, sin embargo, ciertas consideraciones detectivescas: no debían tocar el cuerpo para no dejar huellas digitales y, sobre todo, había que pensar en una coartada colectiva que los desvinculara del crimen.
Los días siguientes, con el peso del secreto compartido, la pandilla esperó la publicación de la noticia. Pero ni la radio ni la prensa escrita hicieron referencia a un asesinato en el parque. Esto sirvió para agregar, al temor primero, la angustia de la incertidumbre. Para no prolongarla, decidieron volver al lugar de los hechos, al lugar del que habían desertado en los últimos días. Y como era necesario evitar sospechas, no irían todos, con uno sólo bastaba. Se echó a suerte. Le tocó a Claudio.
Es fácil imaginar con qué temor se acercó al lugar donde debía estar el Dandy. Pero el cadáver había desaparecido. Nadie habló nunca del asunto, y los chicos se quedaron con las ganas de saber qué había pasado con el bichicome.

Hace unos años, apareció en un diario de Buenos Aires, un artículo de Mario Benedetti, “El barrio también existe”, título que, enseguida, me sugirió dos cosas: la canción “El sur también existe”, un poema del mismo autor, musicalizado por Serrat; y la novela “La borra del café”.
El barrio, la calle, la casa, el parque y el Dandy, se mencionaban en el artículo y junto con ellos, una afirmación del autor: en “La borra del café”, sólo los lugares son reales, los hechos, nada más que fantasía.
Benedetti vivió en la calle Capurro, cerca del parque y a tres cuadras del club de futbol Lito. Su propio padre, como el de Claudio, padeció idéntica inquietud trashumante, y el Dandy existió de verdad. Sólo hasta ahí llega el parecido entre la vida del autor y la del protagonista de la novela.
En el artículo, una reminiscencia del barrio más significativo de su niñez, Benedetti cuenta que, después de muchos años, volvió a la calle Capurro, en busca de la casa. La calle estaba casi igual, a la casa le habían cambiado el frente. El parque yacía en total abandono y el club Lito había desaparecido...

Y este post, que comenzó con “La Borra del Café” y continuó con un artículo de un diario, tiene un colofón.
Quise darme una vuelta por Capurro, por el barrio, por la calle, por el parque...
Después de un viaje en ómnibus desde el centro de Montevideo, después de mucho caminar, de mucho preguntar, Federico y yo llegamos a la calle Capurro. Una calle arbolada, tranquila, con casas modestas, una calle llena de la sugestión y el encanto de otros tiempos. Preguntamos por el parque. Los vecinos nos miraban asombrados mientras decían: ¡pero si está abandonado! No podían entender que unos porteños tuvieran algún interés en él.
Compramos sandwiches y cerveza en un almacén y almorzamos sentados a la sombra de un árbol, sobre un banco de piedra. Y después de hablar del Dandy, del bichicome real y del muerto en la ficción de “La borra del café”, después de subir y bajar las escalinatas y detenernos junto a fuente, después recorrer los caminitos, de admirar la vista del cerro y la bahía con la ciudad al otro lado del río, después de lamentar el abandono de un parque magnífico, sacamos fotos. Son las que están aquí.






CUENTO 1

LA HUIDA

Cuando entró en el comedor sintió que esa mañana era diferente, que algo raro sucedía. Pero no, el desayuno era lo de siempre: el olor a tostadas quemadas, el café hervido, el frasco de mermelada oscura y grumosa, la voz incesante de la mujer y el gato. El gato echado sobre el trinchante, con odio en los ojos amarillos, como si supiera que, sin la protección de la voz, ya habría emigrado con violencia del lugar. Quitó la vista del gato y se sentó a la mesa sin poder evitar la sensación extraña y molesta. Una de ésas sensaciones que parecen siempre a punto de definirse y que no terminan de hacerlo nunca.
Tomó el diario -como todos los días, desordenado desde temprano-, y se sirvió café con la mano temblando un poco. Cuando quiso ponerle azúcar, dejó caer la cucharita, se inclinó a recogerla y derramó el café sobre el mantel. Pensando en la voz, cubrió la macha con el diario y miró al gato. La bestia sabía cómo advertir a la voz cualquier catástrofe que lo incriminara. Pero ahora se limitaba a clavar los ojos amarillos en todos sus movimientos. Con gusto le hubiera retorcido el pescuezo.
Volvió a servirse café y no pudo evitar que el azúcar, antes de llegar a la taza, se desparramara sobre el diario. El día empezaba mal. Ahora se daba cuenta de que no se había equivocado cuando percibió que algo extraño ocurría. Se quedó quieto. El café derramado ya impregnaba la página superior del papel: un círculo que aumentaba de diámetro con rapidez. Cerró los ojos y se echó hacia atrás en la silla. Con gusto hubiera vuelto a la cama. Permaneció un rato en esa posición, que parecía hacerle bien. Pero se le estaba haciendo tarde y perdería el tren. Quiso incorporarse y no pudo. Por lo visto, en ese momento, el peso de su cuerpo era mayor que el esfuerzo capaz de dominarlo. Además, una rara lasitud se iba apoderando de sus músculos. Trató de buscar, sin éxito, algún punto de referencia, algún indicio que explicara porqué los brazos le colgaban inertes, porqué no podía tocar una mano con la otra y los pies se le ablandaban como si no tuvieran de huesos. También descubrió que ya no podía reconocer los límites del propio cuerpo. Y sobre todo, le resultaba extraño no sentir preocupación o angustia ante lo que estaba sucediendo: la flojedad invadía también su ánimo. Y si lo pensaba bien, ya no le importaba la mancha del mantel, el café sin tomar, el diario desmantelado y el gato. El gato, que se incorporó, arqueó el lomo con los pelos erizados y, con un maullido, saltó del trinchante y desapareció en la cocina.
La conciencia se le diluía en una indescriptible placidez, apenas perturbada por la voz que seguía fluyendo, que iba y venía, subía y bajaba, mientras él, ingrávido, se deslizaba por una pendiente viscosa. Se dejó llevar.
El malestar vino con el grito. Entonces sintió que cada partícula de lo que debía ser su cuerpo giraba sobre sí misma hasta producirle dolor.
Cuando el grito cesó y las partículas se aquietaron, terminó de derretirse.